domingo, febrero 08, 2009

Niños en la ciencia ficción
(Primera parte)

¿Recuerda el lector el momento en el que terminó su infancia?, ¿cómo vivió el paso a la edad adulta?, ¿cuándo y de qué forma perdió la infantil inocencia? Y todo ello ¿fue motivo de gozo o de tristeza?

Las anteriores cuestiones han sido tratadas de forma abundante en la literatura. Las batallas en el desierto y El principio del placer de José Emilio Pacheco y Un hilito de sangre de Eusebio Ruvalcaba son algunos ejemplos. La antología Atrapados en la escuela (de Selector) muestra otros ejemplos, en ésta aparecieron textos de José Agustín, Mónica Lavín, Óscar de la Borbolla, Parménides García Saldaña y Paco Ignacio Taibo II, entre otros.

En la ciencia ficción también podemos encontrar obras que abordan directa o indirectamente esta cuestión: el camino de la infancia a la adultez.


LA PEQUEÑA GUERRA

Miguel Ángel Fernández, en la introducción a la antología Visiones periféricas, cuenta parte de la historia del Premio Puebla:

La CF mexicana se vio reflejada en el espejo de su propia realidad, y aceptó finalmente el espejo de su fisonomía cuando la revista Ciencia y Desarrollo, del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), decidió incluir en ella cuentos del género, comenzando, como era de esperarse, con autores extranjeros, hasta que en el número 51, del bimestre julio-agosto de 1983, apareció un relato de Antonio Ortiz, un físico, divulgador científico y pintor mexicano, titulado “La tía Panchita”, acerca de un físico frustrado que inventa una máquina del tiempo para impresionar y, eventualmente, conquistar a una mujer de su vecindad. Desde entonces, la sección literaria de la revista, viendo que los mexicanos podían también aportar algo original y divertido al género, buscaron su material entre otros autores nacionales y latinoamericanos, como Manú Dornbierer, Daniel González Dueñas, Juan José Arreola y Jorge Luis Borges.

A principios de 1984 apareció, también en Ciencia y Desarrollo y en muchos otros medios, la convocatoria para el Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción “Puebla”, cuyo ganador original, “La pequeña guerra”, de Mauricio-José Schwarz, apareció en el número 59, del bimestre noviembre-diciembre del mismo año; y, desde entonces, los subsecuentes ganadores aparecieron en la revista, junto con quienes obtuvieron menciones honoríficas y fueron considerados con calidad digna de publicación. Desde los primeros concursos, se buscó encauzar a los escritores de CF nacionales para darle una identidad propia al género en México. Así podemos ver cómo el jurado calificador de la segunda convocatoria, celebrada en 1985, integrada por Laszlo Moussong, Mario Méndez Acosta y Mauricio-José Schwarz, sostuvo que “[l]a decisión final del jurado se basó no sólo en el valor literario de los textos, sino en sus aportaciones a la naciente ciencia ficción mexicana. En ese sentido, un relato con elementos eminentemente mexicanos, que incorporara aspectos singulares de nuestra nacionalidad, sería juzgado más merecedor del premio que otros que también de gran calidad literaria pero que podían haber sido escritos en cualquier parte del mundo.

Ciencia y Desarrollo dejó de publicar a los laureados del concurso “Puebla” en el número 127, correspondiente a marzo-abril de 1996 (el último autor publicado fue Juan Hernández Luna, ganador del XI concurso con su cuento “Soralia”), ante las reiteradas protestas de lectores que consideraban que, no obstante la calidad de las historias, el lenguaje y las actitudes de los personajes no eran compatibles con el contenido de la publicación del CONACYT. Es más, los cuentos de CF desaparecieron en los tres siguientes números, para reaparecer en el 131, pero ahora firmados por nuevos autores, como los ganadores del premio CONACYT de Cuento de Ciencia Ficción para Jóvenes, celebrado en octubre de 1995, y por científicos mexicanos de carrera que incursionaban en el género.


El Premio Puebla permitió, entre otras cosas, que los autores mexicanos de ciencia ficción se conocieran, y se organizaran las primeras reuniones y convenciones.

El primer ganador del Premio Puebla también fue el responsable de las revistas Estacosa y Otracosa.

Schwarz también ganó el premio Plural con su texto Leyenda a las puertas de una sala del Museo de Arte Moderno. Es autor de la novelas policíacas Sin partitura, La música de los perros y No consta en archivos; de las colecciones Escenas de la realidad virtual y Más allá no hay nada. Es el autor de la biografía oficial de Superbarrio Gómez. Ha participado en las antologías Cuentos policíacos (de Selector), Más allá de lo imaginado I, Principios de incertidumbre, El futuro en llamas, Visiones periféricas y Sin permiso de Colón, entre otras.

¿Qué hacer cuando sobran tantos? ¿Cualquier acción es válida cuando se trata de encontrar una pronta solución?

Los juegos. Tal fue la respuesta a los graves problemas. Las iglesias, por supuesto, se opusieron. Pero la oposición no logró detener aquello...

Todos los niños participan en los más variados juegos. Son necesarios. ¿Cuántas cosas se aprenden en la infancia a través de ellos? Se desarrollan habilidades. Se aprenden las más básicas cuestiones de socialización. Los psicólogos pueden dar una explicación más completa... Pero no todos los juegos son iguales. Con algunos de ellos se pone fin a la infancia, se termina la inocencia.

¿Cómo surgieron los juegos? “Se habían establecido como el mejor sistema de control poblacional (...) Si los incapaces, los imbéciles, los débiles y los indisciplinados eran eliminados, era un proceso de muchos años, en los cuales se desperdiciaba la educación que les proporcionaba el Estado, los alimentos, el aire mismo. Los juegos nacieron para acelerar el proceso. Ya éramos demasiados en el planeta y era necesario depurar la especie.”

Diez años. La edad para justificar la existencia.

Niños matando para vivir. Asquerosos e inevitables enfrentamientos... Y eso lo sabían los adultos; algunos de ellos deseaban llorar al percatarse de que los niños se convertían en asesinos. ¿Después de aquello se podía seguir siendo niño?

¿Las armas? Escudos, espadas, mazos con púas, cascos equipados con navajas, hachas...

¿El paisaje? Cuerpos ensangrentados que constantemente tenían que ser retirados del campo de batalla. “Un sangrante resultado sin brazos, con la cabeza despedazada de un manazo o con el vientre tajado sin remedio y las infantiles entrañas fluyendo como un temeroso río de lava apenas tibio.”

¿El objetivo? Acudir a la arena para decidir quién habría de permanecer.

Los padres eran los responsables del entrenamiento y de las armas.

Niños y adultos contemplando el espectáculo, en vivo o a través de los medios de comunicación.
En las miradas de los padres se adivinaba el temor, la preocupación, la curiosidad, la furia que acompaña el deseo de venganza (¿quién sería capaz de asesinar al verdugo de sus hijos?)... y en algunos de ellos el morbo, el deleite.


Sidharta Neri Colín ilustró La pequeña guerra en el número cinco de ¡Nahual!, ciencia ficción, fantasía y lo que caiga.


¿Y al final de los juegos –celebrados una vez al año-? Algunos con el dolor de la pérdida de sus hijos, “Los otros, los sobrevivientes, los justificados, celebraban con sus padres en distintos lugares o se repondrían de sus heridas bajo el cuidado de los médicos estatales.”

Schwarz narra todo esto a través de lo que le sucede a la pequeña Arianne (preparada para todo, menos para un oponente con expresión suplicante) y a su familia.

1 comentario:

Blackpaco dijo...

Debo decir que con todo y todo, a lo largo de los años... éste sigue siendo uno de mis cuentos favoritos de ciencia fición mexicana. Se agradece el recordatorio.

El Paco.