martes, septiembre 23, 2008

¿Quién no se ha quejado en algún momento de lo molesto que puede resultar viajar en metro, sobre todo durante las llamadas horas pico? Sin duda, el metro es un mundo en el que casi todo puede suceder.

A finales de 1994 Revista de revistas publicó cinco números dedicados al vampirismo. En el último número de la serie (el 4420, y que corresponde al 17 de octubre de 1994) apareció un texto del periodista Mario Méndez Acosta. En dicho texto, el presidente de SOMIE nos cuenta la terrible experiencia que en el metro vivió su colega Arturo Marquina...


¡No se duerma en el metro!
Mario Méndez Acosta

Hay cosas en la vida, y eso incluye a esta ciudad de México, que más vale que nunca averigüemos. La ignorancia nos permite dormir con placidez en la noche, y concentrarnos en nuestros respectivos trabajos. Por ejemplo: ¿se ha preguntado usted qué les sucede a las personas que se quedan dormidas en el Metro, cuando éste llega a la terminal de una línea, lo que causa que no escuchen la advertencia que les pide abandonar el vagón y sigan adelante en el mismo, adentrándose en un profundo túnel oscuro que aparentemente no lleva a ninguna parte? La verdad es que esa es una de las cosas que en realidad no nos conviene averiguar, si es que queremos mantener la ilusión de que vivimos en un universo racional.

Sin embargo, no está de más tomar algunas precauciones sencillas, que bien pueden evitarnos experiencias en verdad lamentables. Una de ellas es la de no dormirnos nunca en el Metro; en especial, después de la puesta del sol.

Para Arturo Marquina, periodista ya no tan joven, y autor ocasional de relatos de ficción científica, cuentos de horror y novelitas policíacas nunca publicadas, ese descuido le produjo un extraño desarreglo que sus amigos califican casi de locura. Se niega Arturo, quien es una persona sensata, racional y de buen humor, a acercarse siquiera a las entradas del Metro. Se niega también a pasar por encima de las ventilas o registros del sistema de transporte colectivo de esta capital. En eso puede ponerse hasta agresivo y desagradable. Marquina se niega a hablar de esa extraña fobia que lo aqueja. Siempre logra desviar la conversación cuando se le interroga al respecto. Sólo una vez, en una cantina de Bucareli, después de varias horas de consumo y animada conversación, llegó un momento en que se puso serio e hizo una advertencia a uno de los amigos, que le dijo que utilizaba el Metro cotidianamente, y en especial a muy altas horas de la noche.

“¿Llegas a alguna terminal a esas horas?”, preguntó Arturo. Ante la respuesta afirmativa, nuestro amigo abandonó su discreción. “¿Tú has sabido qué le ocurre a las personas que se quedan dormidas en los vagones que siguen avanzando después de la última estación?”. –“La verdad, no”- repuso el compañero. “Yo sí lo sé”, continuó Arturo. “Esto que te voy a contar no es un cuento, te pido que me lo creas, por tu bien. Nunca lo repetiré ante ustedes”.


“Fue hace justo un año. Serían cerca de las once de la noche y salía yo del trabajo después de un día durísimo. Tomé el Metro en la estación Hidalgo, y me dirigí hacia Tacuba. Ahí transbordé hacia Barranca del Muerto. Ya a esa hora, el Metro va casi vacío. Cerca de Tacubaya me quedé dormido. El tren llegó sin duda a la terminal, sin que yo despertara. No oí la distorsionada voz de advertencia que sale del sistema de sonido, ni el insistente pitido del silbato electrónico que anuncia las paradas. Unos segundos después, cuando ya el vagón se dirigía hacia el inquietante túnel que continúa el trayecto, alcancé a ver el letrero y la insignia de mi estación de destino, la cual quedaba atrás. Con preocupación y fastidio, pude ver que no iba sólo. Unos asientos más adelante iba un tipo viejo y desastrado, en evidente estado de ebriedad, que seguía dormido y cabeceaba con cierto ritmo. Pensé que quizá el tren cambiaría de vía y regresaría por el mismo trayecto en unos momentos más. Pero no fue así.

“El vagón siguió adelante, se desvió hacia la derecha y después de avanzar varias decenas de metros, hizo alto en un lugar totalmente oscuro. El motor se detuvo, y lo mismo la ventilación. El silencio más absoluto cayó sobre nosotros. Fue entonces cuando las luces se apagaron. Ahí empecé a sentir algo de miedo. Había un poco de claridad, proveniente de la parte posterior del túnel. Por fortuna traía mi linterna de bolsillo, y además ésta tenía pilas. Me paré y me dirigí a mi aún dormido compañero de tribulación. Me acerqué a él y lo sacudí por el hombro. Me preguntó qué pasaba y rápidamente le expliqué nuestra situación. Respondió con una imprecación y puso su rostro contra la ventana para tratar de ver dónde nos hallábamos. Me di cuenta que este vagón se quedaría ahí toda la noche, por lo que me dispuse a tratar de forzar una de las puertas. Era inútil, me convencí que sólo saltando a través de una de las ventanas podríamos salir del carro. Fue entonces cuando oí un ruido en el techo. Algo cayó encima del vagón y recorría el techo. De pronto, se escuchó otro ruido en el extremo opuesto del carro. Dirigí el haz de mi linterna y pude ver una sombra que caía al suelo después de haber entrado por la ventana. “¡Vaya, al fin!... ¡Oiga, necesitamos que nos ayude a salir!” No hubo respuesta. El borracho fue más directo. Avanzó hacia el intruso y lo tomó por las ropas. “¡Sáquenos de aquí! ¡Esto es un atropello, malditos burócratas!”. El extraño no respondió, sólo levantó una mano.

“A la luz de mi linterna pude ver que era blanca como la harina, delgada y fibrosa, y con unas larguísimas uñas que semejaban garras. Como un rayo, esa mano rasgó la garganta del pobre vagabundo. Fue entonces cuando vi el rostro del ser que tenía enfrente. Pálido, calvo, con enormes ojos amarillos, orejas largas, una nariz grotescamente respingada con dos protuberancias carnosas en la punta. Vi como abrió la boca llena de dispares y puntiagudos dientes, que pronto recibió el borbotón de sangre que salía del desafortunado pasajero. Fue en esos momentos cuando recibieron mis narices la patada del nauseabundo olor que despedía esa criatura. El espectáculo y el olor me hicieron de inmediato vomitar. En medio de las arcas de la basca, escuché otro ruido metálico detrás de mí. ¡Alguien más entraba al vagón por otra ventana! No esperé un segundo más. Me lancé hacia el primer intruso, que aún se cebaba en su víctima, y derribándolos a ambos llegué a la ventana por donde había penetrado el primer monstruo. Escuché un forcejeo detrás de mí, con el que sin duda el invisible perseguidor se abría paso también entre la pareja víctima-victimario que se interponía entre nosotros. Salté fuera del vagón y logré caer en el suelo sin dislocarme siquiera un tobillo. Emprendí la huída, como un poseso, hacia el extremo iluminado del túnel. Detrás de mí se dejaba oír un jadeo que acompañaba rítmicamente a un penetrante chillido.

“La luz aumentaba poco a poco. Sentía que mi perseguidor rápidamente iba descontando ventaja. Decidí voltear la cabeza... y quizá eso sea lo que más me ha desgraciado la vida de toda esa experiencia. Vi a un ser similar al que había despedazado al pobre ebrio en el vagón, nada más que éste mostraba una regocijada sonrisa idiota. En la penumbra del túnel veía su tez, amarillo limón, y su larga frente con que se relamía con anticipación. Por fortuna, de frente llegaba otro tren de vagones del Metro. Salté a su paso y alcancé la parte central del túnel. Mi perseguidor no quiso hacer lo propio. Recorrí los últimos metros que me separaban ya de la iluminada estación. Al llegar a ella, subí al andén. Justo a tiempo. Unos metros atrás la criatura, que se había desplazado por el techo del túnel, asida de sus largas garras, tanto de manos como de pies, cayó detrás de mí y alcanzó a lanzarme un zarpazo a la pantorrilla”.

Arturo nos mostró una cicatriz, que aún dejaba ver las huellas de una prolongada infección que apenas había sido dominada.

“Ya en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.

“Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”.

jueves, septiembre 18, 2008

¡Uy, qué miedo!

El día de ayer comenzó el taller de literatura de terror "Miedo por escrito". Alberto Chimal es quien lo imparte.

Serán 12 sesiones de dos horas cada una (bueno, ya quedan 11) que se llevarán a cabo -los miércoles- en la Biblioteca de México "José Vasconcelos".


Ayer Chimal comenzó hablándonos de la fisiología y biología del miedo. Hizo una distinción entre el "horror" y el "terror".

Para el escritor (y para entendernos durante el taller) el horror es la intensificación del asco, la sensación de desagrado ante lo que podemos ver. Ejemplos: las películas de asesinos en serie, las de zombis o el cine gore. El terror consiste en la sensación de desagrado ante aquello que no podemos ver.

Chimal también se refirió a la Ilustración, al surgimiento de la ciencia y la forma en que los demonios o los seres sobrenaturales se hicieron innecesarios para explicar la realidad. Posteriormente la literatura los traería de regreso, pero de una forma distinta; los ha devuelto con una inquietante pregunta: ¿y si la realidad no es como la pensamos? Una pregunta capaz de provocar una crisis.

Por otro lado, mencionó algo acerca de los límites del lenguaje y los límites del conocimiento. (Y si Wittgenstein ubicaba a lo místico del otro lado del límite) Chimal afirma que detrás de esos límites se encuentran, entre otras cosas, aquellas entidades que son la materia de la literatura (y el cine) de terror.

Leímos y comentamos "El fumador de pipa" de Martin Armstrong.

De tarea nos dejó leer "La fe de nuestros padres" de Philip K. Dick.

Ya comentaré más... con todo y entrevista a Chimal :)

viernes, septiembre 05, 2008

CÁRMIDES
(Fragmento)

I.

Seres diseñados exclusivamente para tener sexo.

Al menos eso parecían.

Apenas la semana pasada se habían puesto una borrachera acompañados de los hijos de la diosa Mayahuel. Todavía quedaba algo de aquella sustancia maravillosa. Así, una vez que terminaron de hacer el amor (por tercera ocasión aquella noche), decidieron tomar un poco.

Sin vestirse, ambos se sentaron al borde de la cama. Cármides fue el primero en dar un trago a la botella, segundos después retomó la conversación que habían dejado inconclusa.

“Hay muchos dioses y muchos universos, ¿qué te hace pensar que vivimos en el mejor de los mundos y que fuimos creados por los mejores dioses?”

Ulises no supo qué contestar, Cármides le pasó la botella y continuó su argumentación.

“Estamos hechos a imagen y semejanza de nuestros dioses, ¿qué conclusión puede sacarse de ello?”

Ulises estaba atrapado, sólo había una respuesta, pero no estaba dispuesto a pronunciarla; bebió un poco del agradable líquido, regresó el recipiente a Cármides y se tendió en la cama.

-Nuestro mundo es mediocre, nosotros somos imperfectos, ¿cuál es la conclusión, amor?

-Déjame en paz. –dijo Ulises con fastidio y cerró los ojos.

-¿Por qué te cuesta tanto trabajo aceptar que nuestros dioses son mediocres e imperfectos?

-Guarda silencio, quiero dormir.

Cármides dejó el recipiente en el suelo y se tendió a un lado de su amado. Ulises abrió los ojos apenas sintió en su pecho las caricias de su novio.

Durante un largo rato permanecieron en silencio... mirándose a los ojos, estaban profundamente enamorados.

Esta vez fue Ulises quien retomó la conversación.

-Amor, no eres sensato. ¿Sabes lo peligroso que es lo que me propones?

-Estaremos juntos para hacer frente a lo que sea, ¿o no? –Tomó de la mano a Ulises- ¿Crees que te abandonaría a tu suerte apenas hiciera acto de aparición una tempestad?, ¿me abandonarías tú?

-Claro que no.

Un beso en la frente, otro en la mejilla, otros más en los labios, varias caricias... sonrieron sintiéndose afortunados por haberse conocido.

Gracias a que eran jóvenes -apenas tenían diecisiete años- hicieron nuevamente el amor. Aún no terminaban (en realidad estaban a unos segundos de concluir) cuando Cármides escuchó la respuesta que tanto había esperado: “De acuerdo, larguémonos a probar suerte a otro universo.”

“¡¡¡Chingada madre!!!”, o al menos su equivalente, gritaron dos que tres deidades, quienes sintieron que de alguna forma aquella decisión terminaría causándoles algún dolor de cabeza.

***

No pudieron dormir.

Casi toda la noche estuvieron abrazados. Sí, era bastante incómodo, pero tenían la costumbre de hacerlo. Aún estando juntos, eran capaces de extrañarse. Tal vez se trataba de miedo a que todo terminara, a que su relación fracasara, a tener que continuar su existencia el uno sin el otro.

No pronunciaron palabra, cada uno estuvo sumido en sus pensamientos.

***

Cármides estaba emocionado ante la incertidumbre del futuro. Muchas personas desean estabilidad en la vida; la falta de certezas les preocupa, les incomoda. No a Cármides, él era un aventurero. ¿De dónde le venía ese deseo constante de experimentar?, ¿por qué gustaba tanto de quebrantar normas, ir en contra de lo establecido? No lo sabía, y eso sí le incomodaba. No podía recordar su pasado. Nada recordaba de sus padres, de su infancia... de su vida antes de despertar desnudo en una ciudad desconocida. Tal vez por ello era un trotamundos, nada lo ataba a algún lugar en particular. Por Ulises había permanecido por una larga temporada en aquella región de la Luna. Pero al fin lo había convencido, el apuesto angelito había aceptado ser su compañero de viajes; pero ¿qué habría pasado en caso contrario? “Por Ulises sí me hubiera establecido para siempre en este aburrido lugar.”

Ulises era más bien conservador. Ya tenía bastante con vivir clandestinamente su amor por Cármides. Tenía miedo. “¿Y si no somos capaces de resolver los problemas que se nos presenten?”, pensaba con gran preocupación. Había aceptado únicamente por Cármides. Si cualquiera de sus anteriores novios le hubiera venido con la propuesta de dejar todo para irse a vivir a otro universo, lo hubiera mandado directo al diablo. Pero Ulises estaba convencido de una verdad que nadie podía entender, una verdad que nadie estaba dispuesto a aceptar: Cármides era especial, era diferente a cualquiera que hubiera visto antes. Lo anterior no significa que su enamoramiento le resultara comprensible: a fin de cuentas Cármides era un simple ser humano. Por si fuera poco, se trataba de un ser humano que no recordaba nada de su vida. “¿Qué futuro me espera al lado de un mortal?”, pensó y la angustia le golpeó el pecho. Pero la angustia desapareció cuando volteó a ver a Cármides. Su Cármides, el más hermoso de los mortales.

¿Quién hace las reglas? ¿Con quién hay que hablar para que las cadenas puedan romperse? ¿En qué se basan las decisiones de los legisladores? Es imposible que el amor pueda darse cuando se siguen reglamentos. El amor y la libertad tienen que ir de la mano. ¿Por qué hay gente dispuesta a imponer su particular forma de entender el amor?, y ¿por qué hay otras tantas personas dispuestas a doblegarse ante esas imposiciones?

En aquel universo los dioses se creían con el derecho a determinar de quién se podían o no enamorar sus criaturas. Cármides y Ulises no podían caminar tomados de la mano, besarse, enamorarse o coger. Al menos eso decían los dioses.

A pesar de ello, Ulises y Cármides habían caminado tomados de la mano, se habían besado, estaban profundamente enamorados y cogían a cada rato.

A los ojos de los dioses, Ulises había manchado su esencia al haberse enamorado de un mortal. Por su parte, Cármides había hecho lo que ningún hombre tenía permitido siquiera pensar; había cometido un enorme pecado: mantener una relación amorosa con un ángel.

Por ello es que Ulises estaba asustado. Cármides, en cambio, se rebelaba a aquellos mandamientos.

En realidad ninguno de los dos estaba pasando por encima de las reglas creadas e impuestas por los dioses. Ulises no amaba a un ser humano... no me malinterpretes, aclararé la frase anterior... Ulises sí amaba a Cármides, lo que deseo decir es que Ulises ignoraba la verdadera esencia de su amado, la verdadera naturaleza del apuesto adolescente que cada noche dormía en sus brazos. Pero aunque realmente amará a un mortal, ¿por qué aceptar pasivamente los dictados de los habitantes del cielo? A Ulises le haría bien su relación con Cármides... aprendería bastante.

¿Por qué aquel “mortal” había perdido la memoria? La respuesta hay que buscarla en el pasado reciente...


II.

Cármides, un enemigo de los dioses. No, inexacto. Permítaseme comenzar nuevamente.

Cármides, el enemigo de los dioses.

Y no es que lo creyeran especialmente peligroso... De hecho, lo creían inofensivo.

Pero de alguna puta manera, aquella criatura era capaz de arreglárselas para salir de cualquier problema. Trataré de ser más específico.

Inmunidad.

Sería difícil encontrar algo que a los dioses encabrone más que un ser inmune a sus castigos, inmune a sus maldiciones.

¿En cuántas ocasiones lo habían puesto en algún peligro mortal? Ya habían perdido la cuenta. El enojo de los señores que habitan las alturas resultaba compresible. Siendo los dueños de ese universo es obvio que les resultara molesto todo aquello que no pudieran controlar.

Cármides no planeaba algo contra sus creadores. Por ello es que no era peligroso. Pero sí era lo suficientemente mal educado e impertinente como para reírse de ellos en su cara. La última vez, había salvado el pellejo gracias a la suma de una serie de imposibilidades. Cármides sabía que los dioses lo observaban desde las alturas, así que sobreactuó; rió lo más que pudo y a continuación se bajó los pantalones y se rascó el trasero “en honor de aquellos que quisieran tener poder sobre todo lo que en este universo existe.”

Ningún ángel se atrevió siquiera a sonreír, aunque -en su fuero interno- casi todos ellos celebraron aquel "sucio y desagradable acto".

Los dioses no podían permitir que Cármides diera tan mal ejemplo.

Por ello es que fue enviado a la Tierra.



* * *

Cármides no podía ser despojado de su origen celestial; pero sí de sus alas -oscuras, por cierto- y de sus recuerdos.

Así, aunque en realidad era un ángel, a simple vista parecía humano. Eso sí, un precioso ser humano.

¿Cómo podría arreglárselas? Los dioses –nuevamente- rieron demasiado pronto. Una variable no fue tomada en cuenta: pocas cosas hay que los seres humanos no hagamos cuando se despierta nuestra líbido.

Cármides podría carecer de muchas cosas materiales, pero contaba con la llave capaz de abrir casi cualquier puerta: su belleza.

¿A cuántos indigentes has invitado a tu casa? Ninguno de los habitantes de aquella ciudad lo había hecho. Pero aquella mañana las cosas estaban a punto de cambiar; lo inesperado estaba a punto de materializarse y la vida ya no sería la misma.

Amanecía. Una leve llovizna despertó al jovencito. Estaba desnudo, debido al frío le dolía todo el cuerpo.

Las calles comenzaron a llenarse de gente.

Fue descubierto. Un niño levantó la voz para informar de su presencia. Un desconocido estaba sentado junto a la entrada de un edificio.

La desconfianza fue la primera reacción.

¿Era peligroso aquel adolescente? Un valiente se acercó para solucionar el misterio.

-¿Quién es usted?

El muchacho levantó la cabeza y miró al hombre.

-Mi nombre es Cármides y... no sé cómo llegué hasta aquí...

El hombre enmudeció ante el hermoso rostro del jovencito.

-Seguramente es un maleante, llamemos a la policía. –Dijo una señora al tiempo que -afortunadamente con muy mala puntería- arrojaba una piedra.

-¡¡¿Esta usted loca?, ¿no se da cuenta?!! –Expresó con rabia aquel que había quedado maravillado ante Cármides.

Fue cuando todos se percataron.

-Disculpa... yo... no te había visto –intentó explicarse la señora.

La gente comenzó a acercarse. Nadie mencionaba palabra. Simplemente se deleitaban ante el atractivo adolescente.

-Tengo frío. –Dijo Cármides molesto.

Sintieron vergüenza ante su falta de amabilidad.

-Estoy apenada por haber sido tan agresiva, toma mi abrigo... espero que puedas olvidar mi torpeza.

Cármides con dificultades se levantó, nadie le tendió la mano, nadie le ayudó, esta vez no por falta de amabilidad; ninguno creyó ser digno de tocar a tan bella persona. Ya de pie se tapó con el abrigo y pensando que aquellos tontos podían quedarse pasmados toda la mañana, les informó que tenía mucha hambre.

Así fue como la vida de Cármides, los acontecimientos de aquella ciudad, y la historia del universo comenzaron a cambiar.

* * *

Las invitaciones a comer eran muchas. A Cármides le molestaba tanto desorden, pero estaba descubriendo su poder. Finalmente, pensando en su seguridad, aceptó la invitación de un anciano.

Aquel hombre comenzó el interrogatorio hasta que su joven invitado terminó de comer.

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

-No lo recuerdo. Estoy confundido, sólo recuerdo mi nombre...

“El muchacho realmente posee una belleza nunca antes vista”, pensó el anciano, eso sí, sin malas intenciones; al parecer el científico estaba dispuesto a adoptar un nieto.

-Mi nombre es Onésimo Dutalon y puedes quedarte en mi casa el tiempo que gustes.

Era una casa pequeña, pero el anciano parecía inteligente. Y aunque en realidad no conocía a las otras personas, tenía la impresión de que eran bastante tontas. No se equivocaba.

De hecho, el viejo poseía gran inteligencia y curiosidad, ambas características se reflejaban en la enorme cantidad de libros que tenía -en un desorden sólo aparente- por toda la casa.

Esa suerte que tantas veces había salvado la vida de Cármides, ahora lo ponía en manos de aquel anciano. Si había una circunstancia por la que los dioses realmente debieran enojarse y preocuparse, era esta: la naciente amistad entre Cármides y Onésimo Dutalon.