jueves, noviembre 15, 2007

SEXO EN LA CIENCIA FICCIÓN MEXICANA


Conocí la ciencia ficción mexicana mediante revistas y fanzines como Asimov, ciencia ficción en español; ¡Nahual!; SUB; Umbrales; Azoth y A quien corresponda.

En octubre de 1996 salió a la venta el número 3 de ¡Nahual! un fanzine de “ciencia ficción, fantasía y lo que caiga.” Francisco Botello y Andrés Tonini eran los editores (aquí algo acerca de cómo surgió el fanzine). Tonini colaboró con una historia titulada “Al cielo por un momento”, le agradecemos que nos permita publicarla a continuación. Las ilustraciones fueron hechas por Ángel Serrano Sánchez.

En una nota se nos advertía: Por si algún día se te ocurre hacerlo, por si algún día te dan ganas incontrolables de sentir eso diferente, por si esto te sucede, Andrés Tonini, cerebro de este proyecto te lo comenta, te lo advierte, pero te dice que es inigualablemente rico...


AL CIELO POR UN MOMENTO...
Andrés Tonini


No hijo, mira, cálmate, siéntate y deja que te cuente una historia... No, no, ya sé que no estás para cuentos ahorita pero... sí, esta historia tiene que ver con lo que pasó, sí, ten paciencia y... no, no me voy a tardar mucho.

Ah... las Lind’hes... la primera vez que oí hablar de ellas fue hace mucho tiempo, era joven entonces, más o menos de tu edad; y como todos los jóvenes, como tú, actué a lo pendejo. De haberlo pensado un poco...

Había salido temprano de la chamba... bueno, la verdad es que me habían corrido y no se me antojaba presentarme en la casa y darle la cara a la Lupita, mi vieja de ese entonces. Para distraerme un poco y como no era muy tarde y todavía podía considerarse seguro el andar solo por las calles, me fui a dar la vuelta al Jardín Elevado de mi zona. Después de pasar un buen rato paseando y tratando de despistar a los ladronzuelos solitarios del lugar, decidí irme a la casa, antes de que se hiciera más tarde para el regreso. Pero, poco antes de la salida, para mi desgracia –y tú sabes bien de lo que hablo-, me tope con un grupo de personas que aparentemente no se habían dado cuenta de la hora y estaban como en trance admirando a un sujeto de rostro impasible y vestido con el uniforme de neo-marino. Al observar más atentamente, me di cuenta de que curiosamente casi todos los que le rodeábamos éramos hombres.

Intrigado por este detalle le pregunté a alguien sobre qué diablos presenciaba el sujeto éste, ya sabes que allá en la Tierra surgen religiones y mamadas como hongos en lluvias.

-¡Cómo!-, me contestó-. ¿Qué no has oído nunca de los Iniciados?

Como nunca me ha gustado pasar por pendejo, troné los dedos y le di las gracias.

Fui al otro lado del círculo y seguí preguntando sobre el profeta éste o lo que fuera. Después de preguntarle a otros tres tipos que tampoco sabían nada del asunto, di con un cuate que veía al anciano con una mirada que envidiaría cualquier perro faldero.

-Oye, ¿por qué la bola?- pregunté.

Me lanzó una de esas miradas que destruyen planetas y gruñó:

-¿Qué, no ve?

-¿No veo qué?

-¡Pendejo! ¡Él estuvo en Deneo con las Lind’hes! –dijo, y se alejó viéndome con expresión de odio.

Así que después de perder un buen rato contemplando al marino, lo único que había averiguado era que había estado en Deneo con las Lind’hes. Sólo faltaba saber qué diablos era eso. Estaba por preguntarle a otra persona cuando recordé la hora que era, así que dejé aquello para otro día, eso si es que había otro día para mí, pues ya era un poco tarde y salir a la calle a tales horas era como jugar a la ruleta rusa. Por suerte, a la salida del Jardín había varias personas que no se atrevían a cruzar la línea que separaba la seguridad del edificio con el salvajismo del exterior, como esperando que alguien diera el primer paso para salir en desbandada. Entre ellos me encontré a una vieja que se me hizo conocida, me pareció que la había visto un par de veces en el Centro de Abastos de mi zona, me acerqué y al preguntarle resultó que sí, de hecho a un par de kilómetros de mi casa. Nos pusimos de acuerdo y quedamos que nos iríamos juntos, porque ambos sabíamos que las bandas preferían atacar a los caminantes solitarios.


Desenfundamos las armas, revisamos las municiones, nos ajustamos los filtros y visores y salimos. No habíamos avanzado tres calles cuando la primera pandilla hizo su aparición, abrimos fuego y huyeron en desbandada dejando un cadáver. La verdad es que tuvimos más suerte de la que pudiera esperarse, sólo tuvimos este combate y pudimos perderlos sin grandes esfuerzos.

Ella estaba muy nerviosa porque ya le había dicho que mi casa estaba cerca y que pronto tendría que dejarla a su suerte. Me rogó que la acompañara un poco más, me suplicó, lloró, me amenazó y apeló a mi hombría. Cuando le mostré la puerta de mi edificio (pues me las había ingeniado para desviarnos un poco de modo que me acompañara hasta ahí), y muy cortésmente le di las gracias por haberme acompañado, palideció y trató de convencerme una vez más, abriéndose la túnica y mostrándome sus encantos, diciéndome:

-Soy tuya si vas conmigo...

Como no estaba de humor y como no valía la pena jugarse la vida por un par de tetas y un coño, la mandé a volar –sí, ya sé que no fue muy caballeroso de mi parte no aceptar, que pude al menos invitarla a pasar, pero qué querías, la verdad no la conocía, ¿quién sabe cuáles serían sus verdaderas intenciones?-. Apenas había clausurado la entrada cuando por las pantallas pude ver pasar a los chavitos que nos habían atacado. Los muy ladinos nos habían estado siguiendo y nosotros sin darnos cuenta, ¿tú crees? En fin, me encogí de hombros y bajé a mi habitación, cuando lo hacía escuché el tiroteo. No duró mucho.

Al llegar a mi subnivel y tras ver que no había nadie en el pasillo, abrí la puerta de mi casa... o al menos lo intenté, porque esa vez acabé tirado al otro lado del pasillo y medio apendejado por la descarga eléctrica. Pensé que a lo mejor la había cagado al dar la clave, así que volví a teclearla, y otra vez terminé en el piso. No quise intentarlo otra vez porque recordé que las defensas estaban programadas para que al tercer intento fallido la descarga fuera mortal, así que mejor llamaría a la Policía –sí, aunque te rías-. Fui al pasillo de arriba donde, cosa rara, había un videófono que aunque sin imagen, aún servía. Después de dar mis datos a la máquina de la Policía, me dispuse a esperar su llegada. Como sabía por experiencia que podía durar toda la tarde o más, pensé que lo mejor sería tratar de pasar el tiempo descansando en el pasillo, lo que no se pudo porque los gritos de la vieja que me había acompañado me lo impidieron. Sé bien que era ella pues la escuché maldecidme varias veces, supongo que los chavitos la estaban violando una y otra vez antes de despachársela. ¡Qué bueno que no fui con ella!

Casi al anochecer llegó la Poli y luego de una comprobación de rutina de identidad forzaron la puerta. Fueron por un ariete láser y la tumbaron sin más. Cuando el humo se disipó pudimos ver que mi departamento había sido completamente limpiado. Todos los muebles y mis cosas habían volado, y pegada con chicle en el espejo estaba la tarjeta de la Lupe, junto a un mensaje pintado con lápiz labial que decía “con amor de tu Lupita”... ¡pinche vieja!

Así que ahí tienes, lo había perdido todo: casa, trabajo y vieja. Sólo me quedaban unos pocos créditos en el banco. Como no tenía nada que me atase a este mundo y estaba solo y sin compromisos, decidí abandonarlo... Por suerte, para eso no hacía falta tomar medidas tan drásticas como pegarse un tiro o algo así, y mejor gasté mis ahorros sobornando a un oficial para enrolarme en un carguero como neo-marino. Recuerda que en ese entonces era joven y pensaba que el mundo, o el universo si quieres, podía ser mío.

Fue en el comedor de uno de tantos puertos orbitales de cualquier planetucho cuando escuché otra vez hablar de las Lind’hes. Estaba de permiso y pasaba el tiempo buscando un par de viejas para una fiesterita, pero todas las putas humanas que había por esos rumbos más bien parecían monstruos alienígenas, por lo que estaba medio encabronado. Ya me estaba animando a contratar a una de las putas esas cuando escuché a lo lejos un rumor al que no le hice mucho caso, hasta que oí que alguien nombraba a las Lind’hes. Dejé a la puta un poco molesta pero me valía, me acerqué a la mesa donde estaban reunidos y pude ver que como en el parque, aquí tampoco había viejas. El que hablaba era un sujeto que tenía cautivado a su auditorio con sus tonterías... No, no como yo, me perdonas, pero no. Pero bueno, ¿en qué iba? Ah sí... el cuate éste estaba hablando y les decía:

-Así es hijínes, ustedes no tienen ni siquiera la idea de lo que es chingarse a una hembra, a una verdadera hembra. No como las putillas de las colonias o las viejas frígidas de la Tierra.

Tan amables conceptos me aclararon el por qué no había viejas entre los escuchas.

-Para saber lo que es joder –prosiguió-, hay que joderse a una de las Lind’hes.

No pude resistir la tentación y le interrumpí, preguntándole quiénes o qué eran ellas. Cuando me respondió que se trataba de una raza de no-humanos no me pude contener y le repliqué:

-¡No chochees! Bien sabes que cada raza sólo puede hacerlo con los de su misma especie. Cualquier otra simplemente no es compatible. ¡No pueden procrear! ¡Recuerda el Principio de Incompatibilidad Majluf!

-Mira pendejito –contestó-, eso ya lo sé pero, ¿quién habla de traer hijos al mundo? Yo hablo de cogérselas y ya.

-Ni eso. Hasta donde sé, ninguna raza no-humana tiene el sexo ni remotamente parecido al nuestro.
-¿Y cómo sabes que eso es cierto?
-¿Y cómo sabes que no lo es?

Un coro de risas me respondió y un jovencito a mi lado me explicó la causa:

-¡Pero viejo! ¿No ves que él es un Iniciado?

-¡Iniciado! –exploté-. Para empezar, ¿Iniciado en qué? Para mí no es más que un pinche viejo loco. Lo que dice es completamente imposible.

-Pues estás viendo a alguien que hizo lo imposible- dijo otro oyente-. Se cogió a una de las Lind’hes.

-Por eso es un Iniciado. Amar a una Lind’he es como entrar al cielo por un momento.

-Cierto. Después de aquello no puedes sino despreciar cualquier otro tipo de unión carnal.

Como te imaginarás, no iba a dejar que esa bola de idiotas me apantallara, así que les dije:

-¡Pero es completamente falso! Si eso fuera posible, lo sabrían los de Sanidad. Es más. ¿por qué no sabemos nada de ellas?, ¿cómo sabríamos si hay riesgo de una infección extraña o algo así?

-Por lo mismo que mencionaste –respondió el “Iniciado”-. Por el Principio de Incompatibilidad Majluf. Somos casi iguales por fuera, pero por dentro somos diferentes, muy diferentes –continuó en un extraño tono-. Al menos hasta donde se sabe pues no hay datos fidedignos al respecto. Parece que tienen una especie de tabú sobre saber cómo son por dentro o algo así, nunca lo comprendí muy bien...

-¡Mamadas! –interrumpí-. Podrás engañar a esa bola de pendejos, pero a mí... ¡Ja!



Todavía no sé cómo, pero después de una acalorada discusión sobre sexología, anatomía y exobiología, logró convencerme, no sólo de que tal unión era posible, sino de que también era lo más parecido a la gloria. Y entonces se inició una nueva discusión que, supongo te sonará conocida: yo insistía en que me llevara con las Lind’hes y él trataba de disuadirme. Después de ruegos y amenazas solamente conseguí que me indicara cómo llegar a Deneo-3, su planeta hogar. Por suerte mi nave tenía que llevar a cabo un embarque en un lugar relativamente cercano, y de ahí no sería difícil llegar al planeta en cuestión.

Pedí licencia cuando estuvimos lo más cerca posible y con la paga que había ahorrado me embarqué en un transbordador a Deneo. Ya en el planeta me dediqué en cuerpo y alma a buscar a las Lind’hes. Resultó mucho más difícil de lo que había pensado, Deneo-3, como sabes, es un planeta libre donde coexisten muchas razas. Había un chingo de humanoides pero ninguno con los rasgos que me había descrito el Iniciado. A punto estuve de perder la vida un par de veces y cuando empezaba a creer que me había visto la cara de pendejo y eso de las Lind’hes no era más que una leyenda cualquiera y mis ahorros casi desaparecían, en una aldea alejada de la mano de Dios encontré a un humanoide que, a cambio de una buena suma prometió conseguirme una cita con una de ellas.

Al principio dudé. La cosa ésta no se parecía en nada a lo que esperaba, se parecía algo a nosotros –era bípedo-, pero hasta ahí. Si esa era la raza de las Lind’hes, mejor que ahí quedara la cosa. No es que sea racista, pero la verdad no se antojaba meterme a la cama con una cosa tan llena de pelos que no sabía si me miraba o me daba la espalda. Cuando le dije lo que pensaba, graznó algo y el traductor en mi oído dijo:

-No sea despistado caballero. Yo sólo le presentaré a la damisela en cuestión, que en realidad es bastante más parecida a su bella raza que a la mía.

Por los ademanes y tono de voz se podía ver que estaba encabronado, y con toda seguridad no era eso exactamente lo que me quería decir, pero bueno, para eso estaban diseñados esos aparatitos, para evitar conflictos interespecies...

Me llevó de mala gana a lo que dijo era una especie de santuario... No, a mí no me hicieron pasar por una ceremonia de purificación, no, ¿a ti sí? Je, parece que se están refinando cada vez más las cabroncitas... Pero bueno, el caso es que más tarde me di cuenta de que sólo se trataba de una especie de hotel de paso, muy apantallante eso sí. Al principio estaba muy nervioso. No sabía si se trataba de una trampa o algo, conforme pasaban los minutos desconfiaba más y más, acariciaba mi arma anticipándome a cualquier cosa y cuando estaba a punto de irme ella entró.



No puedo explicar qué fue lo que sentí cuando la vi. Por unos instantes quedé petrificado por su belleza, era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto. No era humana, es verdad, pero comparado con ella, deberíamos vernos como monstruos. Era la perfección absoluta. Sus ojos oscuros, profundos, me miraban de una manera hipnótica, seductora y a la vez inocente; sus labios, delgados y finos invitaban a ser mordidos con pasión, sorber la vida misma de ellos... pero sobre todo, estaba el olor, un dulce aroma que me enloquecía, haciéndome desearla tanto que no podía pensar en otra cosa; la verga me dolía de tan dura que la tenía, urgiéndome a liberarla y fusionarme con ella.

Ella avanzó, y al hacerlo, la delicada túnica que portaba cayó al suelo, dejándome admirar por completo su belleza, un cuerpo tan perfecto que solamente podía pensar en lanzarme sobre ella, pero estaba como paralizado. Continuó su avance y finalmente estuvo junto a mí... su aroma me hacía casi perder el sentido y la deseaba como jamás había deseado a nadie. De pronto, con un movimiento rápido y con una fuerza que parecía imposible en ella, me rasgó la camisa y luego el pantalón.

No recuerdo cómo fue, pero cuando al fin la penetré, fue algo por completo distinto a todo lo que esperaba. El viejito loco aquel tenía razón, nada podía compararse con esto; era como si su sexo tuviera vida propia, yo estaba inmóvil, dejaba que ella hiciera todo, tan imposibilitado estaba por el placer que ella me daba y podía ver que ella también estaba gozando, sus ojos entrecerrados y sus manos en mi pecho y... ¿eh?, ah, claro, sí, perdón, bueno... Perdona, a veces me pongo un poco cursi cuando recuerdo aquello, pero supongo que bien sabrás de lo que estoy hablando.

El caso es que al final perdí el sentido, no pude soportar tanto placer y... sí, ya me imaginaba que tú también te habías desmayado, pero bueno, al día siguiente desperté y me dediqué a buscar al Iniciado aquel, tal como tú me buscaste.

Lo encontré en el mismo planeta, en un rincón oscuro de una cantina del puerto, platicándole sus penas a la cucaracha con la que compartía su bebida.

-¡Óyeme jijo de la chingada! –le grité-. ¿Qué chingaos pasó?

-Por lo que veo, adivino que ya habrás hecho tu caprichito- me dijo sin dejar de mirar al bicho.

-¡Sí infeliz! ¡Mentiste, dijiste que no había peligro!

-Jamás dije una mentira. Especifiqué que no había riesgo de enfermedad. Además, ¿de qué te quejas, no fue increíble?

-Sí, increíble, pero ¿qué chingaos pasó? ¿Y ahora qué hago?

-¡Por favor hijo! Comprenderás que ningún hombre, es decir, un verdadero hombre, va a ir por las calles gritando a los cuatro vientos que ha sido despojado de su virilidad por una remera extraterrestre. Además, lo hecho, hecho está, simplemente no hay remedio.

-¡Pero...! ¿Es todo lo que tienes que decir, eunuco de la rechingada?- le grité, y me respondió, tal y como ahora yo te digo:

-Bienvenido al club...

3 comentarios:

Lonjho dijo...

Hombre, gracias por publicarlo.

Siempre es agradable enterarse de hay a quien le ha gustado alguno de los cuentos que llegué a escribir. Aunque sea un poquito.

Un saludo.

Tonini.

Anónimo dijo...
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Alejandra C. B. dijo...

Heey que cuento tan suave =) a mi me gustó mucho, digo, bastantes groserías pero es el chiste, se entiende =P pobre hombre destronado xD